Invencible

¿Será que existen límites? ¿Es tan finita la mente que no puede entender todas las cosas? ¿Será que puedo ser invencible? Caminar descalza, sin miedo a lastimar mis pies; cantar y cantar sin importar ser escuchada. ¿Qué será lo que espero en esta vida? Porque siempre hay obstáculos en el camino y cuando creo superarlos me encuentro con otros más altos.

A veces solo hay que cantar para llenar vacíos. A veces solo hay que callar. Ya mis manos no saben cómo escribir, parece que su dueña ha perdido el rumbo. ¿Será que puedo ser invencible?

¿Qué sentido tiene el amanecer, si no disfruto la calidez del sol y el canto de las aves? ¿Qué sentido tiene la noche si no puedo contemplar las estrellas y la luna para que iluminen mi alma oscurecida? ¿Qué sentido tiene la lluvia si no puedo lavar y despejar mis pensamientos? ¿Qué sentido tiene la vida si no creo que soy invencible?

Creer que aunque me lastime me arriesgaré a caminar descalza, creer que puedo cantar como las aves del cielo sin temor a nada. Tal vez aprenda a volar, ¡quiero volar! Y en los días de sol estar en paz, y en los días de tormentas, creer, porque la fe me hará invencible.

The liar

I am trying to tell you where I am, but it’s kinda difficult.
I’ve always been a good liar, the storyteller. Now I have problems.
I lied to(o) -myself, and I am lying to you right now.
Where am I now? If I told you, would you believe me?
Would you believe me?
Would you?
Don’t believe me if I tell you I’m there.
I’m here, with you.

¿Qué desastre es este?

Cansado, triste, deprimido, absuelto por los jueces de la impudencia en un juicio que nunca comenzó. Destinado a la nada, a la fatuidad de los vecinos, de los compañeros de tren y de los amigos ajenos. Mutilado por las miradas de las ancianas de calle que no pueden cruzar solas, pero tampoco en compañía por un tema de desconfianza. Destruido por la locura como en un poema de Allen Ginsberg y frustrado porque tú no sabes quién es Allen y, para ser sincero, yo tampoco. Acoplado por comentarios desaliñados sobre una vida pura y casta y aguantando historias sobre prostitutas con las que no me he mezclado. ¿Qué desastre es este?

Sobre mí sentándome en el puesto de las embarazadas, personas con discapacidad y adultos mayores

Sobre mí sentándome en el puesto de las embarazadas, personas con discapacidad y adultos mayores

Me senté en el puesto azul reservado para embarazadas, personas con discapacidad y adultos mayores; paseé la mirada por el resto del tren, verificando que ninguna persona apta para sentarse se encontraba por ahí. No había nadie apto: ni embarazadas irresponsables, ni ancianos decrépitos con lentitud compulsiva, ni discapacitados. Pero todos me veían, todos los no-aptos me veían; ojos saltaban de allá para acá y terminaban sobre mí. Los pasajeros lejanos se acercaron poco a poco, tratando de no soltarse de los agarraderos. Los que ya andaban en cercanía inclinaron sus cabezas en dirección a la mía, que cada vez apuntaba más al piso. Mucha presión, me levanté. Y me seguían mirando. En la siguiente estación entraron más personas, incluyendo ancianos, pero nadie se sentó en el puesto que hace momentos había desocupado. Pasadas varias estaciones mucha gente dejó de mirarme, así como más personas entraron, aunque nadie se sentó. ¿Y si me vuelvo a sentar?, pensé. Y así lo hice, de una vez con la mirada baja. Y todos volvieron a mirarme, incluso yo -que me encontraba unos metros más allá- me miré con recelo.

Mujeres…

¿Serán los hombres los únicos seres crueles en el mundo?

Soy una mujer dependiente, extasiada de celos, aquello que llaman lujuria, ira, placer, y picardía, buena para mentir y engañar, y puedo decir con franqueza que no me he enamorado jamás en mi vida, pero he hecho creer a muchos que los he amado con locura.  ¡Soy un hombre!, me decía a mí misma, pues dicho comportamiento no es acto para una dama, algo así no podría salir de una mujer jamás, me intentaba convencer de eso, pero realmente amaba ser una mujer, estaba completa e irrevocablemente segura de que serlo era el mayor placer de la vida

Tengo en mi poder el arte de ser mujer, mentirosa y cruel, siempre la víctima de las infidelidades siendo yo la infiel, derramando lágrimas de dolor cuando me traicionan y no me son leales, embriagada de celos malignos,  he aquí mi dilema, algo que subyace en mí, siento celos que me corroen hasta las entrañas, me siento herida cuando me mienten, me siento traicionada cuando hacen exactamente lo que yo haría. Entonces, ¿soy una mala mujer? Sí, lo soy. Estoy completamente segura de que lo soy, pues quiero que me den lo que yo no quiero dar.

Hace un tiempo conocí a un hombre, era grato tener a alguien con quien compartir, le fui infiel muchas veces sin que él se enterara y me convencí de que lo amaba. Poco tiempo después me confesó su amor por alguien más, y yo me sentí destrozada, pero ¿por qué, maldita sea? Eso no debía importarme, pues ¿cómo puedo amar a alguien a quien no le soy leal?, ¿cómo puedes amar a alguien a quien engañas constantemente? Pero aun así, sentí celos, ganas de llorar, por una desgraciada que me quitó el amor de mi hombre. Me obsesioné un tiempo con ello, mi orgullo estaba herido, pero luego lo olvide. Me di cuenta… lo posesiva que era, manipuladora, y sin embargo eso no me molestaba en lo absoluto.

Entonces entendí algo, algo que iluminó mi saber, algo que podría aprovechar: lo que era, lo que siempre fui. Soy una mujer, una amante prometedora que quizá en algún momento logre amar a un hombre, a esos seres malos y crueles que son tan importantes para nosotras, nuestros polos opuestos, amantes incesables, seres suculentos a los que tanto deseo y adoro. A ellos les dedico mi carta, porque en el fondo  los hombres son seres crueles, pero las mujeres somos perversas.

¡Jodidos en la inmensidad!

¡Jodidos en la inmensidad!

Mi cuerpo me pide descanso, y mi espíritu me lo reclama con poca tolerancia.

¡No logro entender por qué! Amo dormir, amo el silencio, amo comer…

Ya ni me soporto, ¿qué me tiene tan cansada?

Ayer fue un día muy extraño, solo escuchaba los ladridos de mi gato.

También murmullos y a la gente del barrio, bailando vallenato.

¡Déjenme dormir, idiotas! Tuve que decirles con desesperación, pero nadie me escuchó.

Me dirigí a la cocina a preparar café, luego recordé que no tenía, ¡@#!?#%!

Abrí la nevera y me soporté menos,

Menos mal que no tengo muchacho, pensé… ¡luego vi al gato y reflexioné!

Recordé que antes Caracas seducía en la oscuridad, como si fuera un nacimiento en navidad.

Tan grande como la inmensidad, tan real como el cafecito mañanero.

Esa Caracas que me recibió a mis dieciséis; la ciudad donde todo podía pasar, menos morirse de aburrimiento…

Esa ciudad que me enseñó a caminar rapidito; esa ciudad que me enseñó a ser prudente, sobre todo cuando iba en el metro

Esa ciudad se fue a la puta.

Como si estuviéramos presos, acorralados, contra la pared… pero en la inmensidad.

Siempre he escuchado que cuando haces lo que te gusta y lo que te apasiona, lo entregas todo… ahora lo estoy dudando.

En estos momentos todos hemos entregado TODO: nuestra dignidad, nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, y aun así el cafecito mañanero se ha vuelto fantasía.

Las grandes metas que en algún momento tuvimos se han reducido a dos panes por persona.

Ya las luces de ese gran nacimiento de navidad se han apagado, ya nadie espera a un mesías; todos han perdido la esperanza, todos han perdido la fe, todos han endurecido su corazón para no amar… ¡Todos andan jodidos en la inmensidad!

Peinarse es, al fin y al cabo, morir un poco

Despeinada por los libros

08e367dbb7e5f932a885fe9274636ead

Ilustración:  Izabelle

Cuando digas que te peinas, di que te resumes.

Qué es peinar sino resumir, condensar millares en coletas.

Abreviar el pelo y abreviar el pensamiento y creer en el más allá que es un tupé muy alto aunque no sé si muy práctico.

Te peinas cuando dices hola y no besas.

Te peinas a la hora de cruzar la calle, cuando en vez de mirar los coches y las motos y todas las reverberaciones de luz en todas las carrocerías, miras solo el color del semáforo.

Peinar es armar una estantería donde hubo tornillos, brocas, perforaciones, baldas, anclajes, un vecino gritando que dejemos de hacer ruido.

Porque me peino me soportan a veces y a veces no me soporto.

Peinarse es, al fin y al cabo, morir un poco.

Isabel González, Pelos.

Ver la entrada original